Home / Vidas Ejemplares / Jesús Faría (Venezuela)

Jesús Faría (Venezuela)

feat_fariaDirigente obrero y comunista: JESÚS FARÍA … Un espíritu que no se doblegó jamás.

Hace cien años nació el dirigente comunista Jesús Faría, quien agrupó a los trabajadores petroleros en una lucha sindical que marcó parte de la historia de Venezuela, y consagró su vida a la liberación de la clase obrera y a la lucha antiimperialista.
Faría, un espíritu que no se doblegó jamás, dijo en su oportunidad: “El militante revolucionario no puede dejar de ser enemigo de los explotadores y opresores de sus hermanos de clase. Esto está claro para mí”.
Esta afirmación la hizo el líder revolucionario, nacido el 27 de junio de 1910, en Borojó, estado Falcón, donde sobrevivió la miseria que aniquilaba por miles a los niños campesinos.

“Mi línea es la revolución, mi línea no cambia, es hasta la muerte”, aseveró Faría a la interrogante de un reportero de El Nacional sobre sus planes para el futuro, momentos antes de abordar el avión que lo llevaría al exilio, el 18 de marzo de 1966. Su expulsión de Venezuela significó el fin del peregrinaje por las cárceles venezolanas de este dirigente obrero, fundador de los primeros sindicatos petroleros en el país y militante comunista por más de 55 años. “Nunca he sufrido destierro, pero presiento que moralmente me será una pena durísima (…). Si mi salud no estuviera en tan malas condiciones, juraría regresar inmediatamente, a todo riesgo”, expuso ante la opinión pública.

Fruto legítimo del pueblo y uno de sus más aguerridos combatientes, Faría llegó al marxismo en el año 1936, producto de la experiencia durante su niñez, cercada por el hambre, el paludismo y la ignorancia, y de su juventud en los campos petroleros del estado Zulia. Su conciencia de clase la adquirió al calor de la lucha y organizando a sus compañeros obreros.

A los 14 años comenzó a trabajar en los campos petroleros, conociendo la brutal explotación de las compañías transnacionales. En 1935, aun analfabeta, participa activamente en la fundación de los primeros sindicatos petroleros, en abierto reto al régimen gomecista. Fue dirigente de la histórica huelga petrolera del 36-37, primera confrontación del proletariado venezolano con el imperialismo. Después de 45 días de resistencia, López Contreras le pone fin a la huelga mediante un Decreto a favor de las transnacionales.

En 1936 ingresa a una célula clandestina del Partido Comunista de Venezuela (PCV), en vigencia de la Constitución gomecista que declaraba a los comunistas “traidores a la patria”.

Aprende a leer y estando en la clandestinidad participa en 1937 en la 1ra Conferencia Nacional del PCV junto a figuras como Miguel Otero Silva y Kotepa Delgado, entre otros.
Es encarcelado por primera vez en el año 1937, después de ser electo diputado a la Asamblea Legislativa del estado Zulia, durante el gobierno de López Contreras.
En los años 40 se convirtió en el máximo dirigente del movimiento de los obreros petroleros, guiándolo sobre posiciones clasistas, consecuentemente revolucionarias.
Participa en las deliberaciones de la Asamblea Constituyente de 1946, donde presenta el programa de lucha de la clase obrera venezolana, que fue rechazado por la mayoría adeca.
Se convierte en el primer senador obrero y comunista de la historia del país, en 1947.
En mayo del año 1950 dirige la huelga petrolera que hace temblar a la Junta Militar. Es hecho prisionero y pasa 8 años incomunicado, varios de éstos en calabozos para castigados.
Se convierte en el preso de mayor duración de la dictadura, siendo bautizado “el preso del imperialismo”.
Durante ese período, recorrió La Modelo, El Obispo, La Penitenciaría General de Venezuela y la cárcel de Ciudad Bolívar.
En cautiverio fue electo secretario general del PCV, cargo en el resultó reelecto en forma consecutiva a lo largo de 35 años, y fue designado vicepresidente de la Central de Trabajadores de América Latina (Cetal).
Obtuvo la libertad el 24 de enero de 1958 y fue electo al senado, desde donde luchó por una Constitución sustentada en los intereses populares.
Los comunistas no aprueban la Constitución de 1961 y él advierte que ésta pronto será “desvirgada“. Horas después Betancourt suspende las garantías constitucionales.
Como senador defiende el programa revolucionario del movimiento popular y denuncia la represión adeco-copeyana.
En el año 1963 es nuevamente encerrado en prisión junto a otros parlamentarios, después del golpe de Betancourt al Congreso Nacional.
Permanece en prisión hasta el año 1966, cuando es expulsado del país debido a su precario estado de salud.
Al salir del país declara: “mi línea es la revolución, mi línea no cambia es hasta la muerte”.
En 1968 vuelve del destierro en Moscú y es electo Diputado al Congreso Nacional.
Al inicio de los años 70 combate las desviaciones pequeñoburguesas en el seno del PCV, que dan origen al MAS, encabezado por Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff.
En 1983 es elegido nuevamente diputado al Congreso Nacional.
En histórico discurso pronunciado con motivo del bicentenario del Libertador Simón Bolívar, Faría expresó: “Los comunistas, hombres y mujeres de probada abnegación, en nuestra lucha permanente también nos guiaremos siempre por la estela luminosa de nuestro héroe nacional, por su moral cristalina, por su firmeza ejemplar, por su valor personal en el combate.
“Si podemos cumplir en el futuro con esta obligación patriótica estamos seguros de que nuestra victoria brillará tarde o temprano como brilló la estrella de Bolívar”, argumentó.
Jesús Faría murió el 24 de enero de 1995, después de consagrar su vida a la liberación de la clase obrera, a la lucha antiimperialista y al triunfo de la revolución socialista.
Fue un internacionalista consumado, ideológicamente fundamentado, firmemente, en el leninismo y el bolivarianismo.
Fuente:
Caracas, 26 jun. 2010, Tribuna Popular TP
******

LA GRAN HUELGA PETROLERA
DE 1950, EN VENEZUELA.

El 3 de mayo se cumplieron 60 años del estallido de la huelga petrolera del 50, en homenaje a dicha fecha que marca un instante excepcional de la lucha de la clase obrera venezolana, Tribuna Popular publica el relato hecho por uno de sus principales dirigentes, Jesús Faría, de su libro «Mi línea no cambia, es hasta la muerte».
Con la instauración de la dictadura militar se inicia una fase de las luchas del movimiento obrero y político, en general, bajo condiciones muy adversas, con innumerables restricciones.
En el plano sindical, continuábamos la actividad organizativa de los trabajadores en procura de mejoras reivindicativas, pero también con el objetivo de prepararlos para jornadas antidictatoriales que exigirían un mayor grado de organización y claridad política.
Con tal propósito fui enviado al Zulia los primeros días de 1950. Allí, los poderosos sindicatos «rojos» agrupados en Cosutrapet —que se había constituido como resultado de nuestra expulsión de Fedepetrol y del cual yo era su presidente—, conjuntamente con los sindicatos encabezados por los dirigentes adecos, ahora en la clandestinidad, nos preparábamos para plantear la discusión de cláusulas del contrato colectivo con las compañías petroleras.
Así fue como a comienzos de febrero se presentó formalmente la propuesta de Cosutrapet en relación con los tabuladores (salarios) y precios de los productos distribuidos por los comisariatos.
Nos reunimos directamente con cada una de las compañías, encontrando un rechazo sistemático e intransigencia generalizada. Al agotarse las vías conciliatorias, introdujimos ante la Inspectoría del Trabajo la solicitud de citación de las compañías. Se trataba de un acto altamente representativo, pues lo respaldaban 51 sindicatos petroleros de todo el país que agrupaban a más del 95 por ciento de la masa laboral petrolera.
Sin embargo, la Inspectoría dictaminó a favor de los patronos, como era de esperarse de una instancia representativa de una dictadura militar entregada a los brazos del imperialismo. En medio de los preparativos de la huelga, a finales del mes de marzo, se produjo un inesperado encuentro entre los dirigentes petroleros y los máximos jerarcas de la Junta, a solicitud de estos últimos. Allí, la dictadura respaldó el dictamen del Ministerio del Trabajo, pero nombró una Comisión para la Investigación del Trabajo en la Industria Petrolera a los fines de «explorar posibles soluciones al conflicto». .
Era evidente que esta propuesta no contribuía a la búsqueda de soluciones aceptables para los trabajadores. Esto era parte de una estrategia enfocada a desactivar los mecanismos de protestas de los trabajadores a punto de dispararse. Se pretendía distraer a los trabajadores de las luchas por sus justas reivindicaciones.
Bajo estas circunstancias, el 3 de mayo de 1950 se inicia la gran jornada huelguística de los trabajadores petroleros; una imponente huelga reivindicativa pero con un claro contenido político. Ciertamente, la huelga fue iniciada en protesta por la sistemática negativa de las compañías petroleras de discutir las reivindicaciones solicitadas por los trabajadores, así como por el permanente deterioro de las condiciones laborales, los despidos masivos de trabajadores y las injusticias y discriminaciones
practicadas contra los obreros en los campos petroleros.
Era evidente que las trasnacionales se aprovechaban de las nuevas condiciones políticas del país para pisotear los intereses de los trabajadores. Era la continuación de sus viejas políticas antinacionales y antiobreras, pero ahora en forma más descarada bajo el amparo incondicional de la camarilla militar.
Su afán de exprimir al máximo las riquezas del país y a los obreros venezolanos se había desbordado.
Pero la lucha no era sólo en contra de las transnacionales. Se estaba luchando por el respeto a los derechos y libertades sindicales groseramente atropelladas por la Junta Militar. En el caso de esta huelga, ya la había declarado ilegal.
La camarilla militar se había adueñado del país, controlaba todas sus esferas y no admitía ninguna clase de discrepancias, oposición o protestas. Había reprimido a los trabajadores, así como también a la oposición política, había restringido las libertades, en primera instancia la de prensa, y supeditado todo a sus dictados.
Los obreros petroleros se enfrentaban a dos poderosos enemigos en una batalla que se había iniciado por la discusión de reivindicaciones materiales. Esta lucha tenía hondas implicaciones de naturaleza política, que le impregnaban a esta jornada un carácter antidictatorial y antiimperialista.
Resaltar esto no deja de ser necesario porque algunos historiadores y políticos se han dado a la tarea de desvirtuar el carácter de esta magnífica jornada de lucha de los obreros petroleros. Este intento también cobró vida en nuestro Partido, lo que obligó a la expulsión de Fuenmayor, importante dirigente comunista de la época.
De una manera infame se ha querido asociar la huelga con planes golpistas, cuando este elemento no jugó ningún papel en la decisión de iniciar el conflicto ni en su conducción.Ciertamente, existían planes entre algunos adecos que apuntaban a ese objetivo. Querían enmendar su inhibición durante el golpe a Gallegos y proponían con insistencia actos irracionales, como la voladura de tanques petroleros de 80 mil barriles, entre otras cosas.
Pero esto, por supuesto, fue rechazado de inmediato.
Se coincidía ampliamente en la lucha en contra de la dictadura y se perseguía la desestabilización política del régimen y su posterior derrocamiento. Pero no se trataba de desplazar a la Junta Militar por medio de una nueva aventura golpista . Aunque estaba en los planes de la dirigencia de AD, no lo estaba en los de esta huelga.
De manera que es una vil mentira la tesis de que el Partido Comunista actuó «a la cola de los planes golpistas de AD». Cualquier tentativa de aprovechar la huelga para planes golpistas era totalmente extraña a la dirección del conflicto. Por lo demás, los hechos acaecidos durante y posteriormente
a la huelga confirmaron con creces la necesidad de luchar en esos términos contra una dictadura brutal como aquella que enfrentamos.
Con el inicio de la huelga se desató una tremenda represión. Masas de militares se desplazaban en los campos petroleros. Buscaban a los obreros en sus hogares para obligarlos a volver a sus puestos de trabajo. Si no los encontraban, encadenaban las puertas de sus viviendas con sus familias adentro. Los allanamientos se hacían por manzanas completas. Inclusive se usaba la aviación para repetidos vuelos rasantes sobre los campamentos donde vivían los obreros…
Recuerdo que me encontraba en una casa de Campo Concordia, cuando avanzaba una ola de soldados que practicaban un allanamiento matinal. Como pudo, la mujer de un obrero, una persona cuyo nombre ignoro, se deslizó hasta donde yo estaba. Alguien la envió para avisarme. Salté de la hamaca. Por la puerta de la cocina pasé a otra casa y de ésta a otra más. No supe nunca por casa de quienes iba pasando.
Ellos sí me conocían y me brindaban ayuda hasta ponerme fuera del alcance de los soldados.
¡Qué maravilla es la solidaridad proletaria!
Aquel mismo día debía ir yo de Cabimas a Maracaibo para una reunión importante con el Comité Regional del PCV. Pero, ¿cómo pasar? El paro en la industria petrolera era total. Además de alcabalas fijas, las había móviles… Viajar era un peligro.
Con la directiva del sindicato de choferes de plaza conseguí no sólo un vehículo, sino también un chofer que era gran «llave» de la gente de la Guardia Nacional, cuerpo represivo que controlaba las alcabalas móviles y las otras entre Cabimas y Palmarejo. Partimos. En cada alcabala decía una mentira. Charlaba un poco. Decía que los huelguistas estaban desmoralizados y me presentaba a sus amigos como un pariente suyo. Pasamos con asombrosa facilidad. Aquel chofer era un hombre de sangre fría y lealtad a su clase.
Le pagué muy bien mi traslado y nos despedimos en Palmarejo, muellecito casi desierto donde tomé el transporte marítimo para Maracaibo. Estos éxitos de un dirigente revolucionario, escapando de un cerco tendido por la furiosa jauría, eran posibles sólo debido a que el movimiento obrero y democrático estaba bien unido. De no haber logrado la unidad obrera, la huelga nunca habría tenido el impacto que
tuvo.
Mi intención era quedarme en el Zulia. Allá me sentía más seguro. Era nuestra mejor zona comunista. Para aquel momento carecíamos en la capital de buena organización, allá no disponíamos de los medios para escapar a la persecución policial.
La conquista de Caracas por parte del Partido vendría en 1958. En el Zulia, además, era fuerte el partido AD, con quien trabajaba el PCV para organizar el movimiento de los obreros petroleros de Venezuela por sus reivindicaciones económicas.
Me sentía bastante seguro en el Zulia, a pesar de que mi «amigo», el gobernador J.L. Sánchez , ofrecía buena recompensa a quien diera una pista sobre mi paradero. Decía este «amigo» que le era indispensable
mi captura para anotarse «buenos puntos con la Junta Militar». ¡Un amigo!
No obstante, la Dirección Nacional del PCV me mandó a llamar, primero con Alonso Ojeda y luego con Luis E. Arrieta y Juan Fuenmayor. Mi retorno a Caracas lo justificaban con una supuesta mayor seguridad (estimaban que no me buscarían en Caracas, estando el epicentro del conflicto en el Zulia), que no era tal. Me negaba a regresar. Presentía que en Caracas caería en manos de la policía. Partí rumbo a Caracas bajo protesta en medio de la maravillosa huelga de mayo de 1950. 

Scroll To Top